martes, 28 de julio de 2009

domingo, 26 de julio de 2009

GRAMÁTICA COMUNISTA por osvaldo raya

La propaganda es vital para la supervivencia del totalitarismo y de todas esas sociedades de gobiernos despóticos y manipuladores. Los comunistas son especialistas en mercadeo. El socialismo no existe; lo que existe es marketing, algo virtual hecho de imágenes y de palabras, muchas palabras. Los cerebros más macabros y diabólicos están en función del adoctrinamiento y el aplastamiento de las libertades de expresión y pensamiento: psicólogos, sociólogos y lingüistas. No olvidemos que pensamiento y lenguaje tienen un vinculo indiscutible y que el último es revelador del primero. Manejar con eficacia el idioma es vital para que las consignas revolucionarias surtan el efecto necesario. Casi podríamos afirmar que la primera arma de todos los tiranos es la lengua, el discurso engañoso, tramposo y sutil pero tan eficaz y temporalmente convincente como el mismísimo discurso ‒y consignas‒ de la Coca-Cola.

Pero conocer bien la lengua no es sólo tener una excelente pronunciación o contar con un abundante vocabulario. Conocer el idioma es, además, dominar sus estructuras y saber colocarlas de un modo eficiente, teniendo muy en cuenta ‒por ejemplo‒ el uso adecuado de los tiempos y modos verbales, entre otras cosas. Es que el sistema lingüístico ‒lengua o idioma‒ tiene varios niveles: uno basado en los sonidos ‒la pronunciación‒, otro en el léxico o vocabulario y otro más que se ocupa de la morfología o de las raíces y desinencias de las palabras y de los accidentes gramaticales (el género, el número, la persona, el tiempo, el modo, el aspecto y la voz). Mas otro nivel hay, el más estable porque es el que menos sufre con las evoluciones o revoluciones de un idioma a través del tiempo: el nivel sintáctico o estructural, ese que se ocupa de la forma en cómo ordenamos la oración, sus partes y estructuras. Y aún queda un nivel más alto y decisivo, acaso el más pragmático: el nivel discursivo, en el cual todos los niveles anteriores se relacionan ya, de modo integral, con el uso de la lengua y el contexto en el que se realiza la conversación o el texto oral o el escrito y en el que intervienen las experiencias internas tanto del emisor como del receptor ‒o del lector o del escritor‒ (la psicología, las emociones, los intereses, la ideología, la idiosincrasia… etc.); y las externas (el momento histórico, el país, la política, el tipo de sociedad o régimen y hasta el clima).

Habiendo expuesto lo anterior, voy a comentarles algo. Cierta vez, cuando paseaba yo por una de las zonas de mayor concurrencia turística de La Habana ‒el Casco Histórico de La Habana Vieja‒, me entró curiosidad por saber si por allí la propaganda comunista, a sabiendas de que los turistas se fijarían en ella, tendría algún tipo de diferencia o característica o sutileza especial en relación con la que se colocaba en el resto de la ciudad, en el contexto de los barrios más pobres y abandonados, al que los extranjeros raramente visitarían. Y, en efecto, encontré que sí, que había diferencias. Por ejemplo, muy cerca del castillo colonial conocido como La Fuerza, puede leer en una enorme valla la siguiente oración compuesta subordinada adjetiva del tipo especificativa: « ¡Vivan los derechos humanos que nosotros defendemos!» que dista mucho de significar lo mismo que esta otra oración marcada por una coma y conocida en la Gramática como oración compuesta subordinada adjetiva explicativa: « ¡Vivan los derechos humanos, que nosotros defendemos!» Con la primera ‒de sentido excluyente y especificativo ‒, la que no tiene coma, el régimen está diciendo que sí, que da vivas a los derechos humanos pero exclusivamente a aquellos que ellos defienden y aceptan; es decir, el derecho a la salud a la educación… pero no el derecho a la libertad de expresión, de asociación etc. «Vivan esos que nosotros defendemos, no los otros», es lo que, de manera subliminal, dice la valla. De colocar la coma que da un sentido inclusivo y generalizador, habrían estado apoyando todos y cada uno de los derechos de la Carta Universal y simplemente estarían explicando su disposición a defenderlos en su totalidad.

Y el ingenuo ‒o tonto‒ turista sale de Cuba diciendo que sí, que allí el gobierno aprueba y defiende íntegramente los Derechos Humanos porque él vio en La Habana un enorme cartel que le daba vivas a tales derechos. Pero al nativo le sigue quedando claro que no puede reclamarlos.
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jueves, 23 de julio de 2009

LAS LLORONAS por osvaldo raya


A mi amiga, la bloggera Julita Sierra, quien me habló de este tema.

Llorar y llorar. Quejarse. Sentir nostalgias de esa especie de ubérrimo padre que nos provee de todo pero así como todo provee, todo lo quita. El estado comunista es eso, una institución diabólicamente paternalista. Y tal es el propósito del comunismo, inhabilitar al hombre para la vida, desconectarlo de sí; para que todas sus conexiones sean con el Estado y, desprovisto ya de cualquier poder personal, cualquier facultad de autogestión y autosuficiencia, poder ejercer sobre él todo el dominio. En ese medio en donde el único entrenamiento es el de cómo ser más dependiente y fiel a una ideología estatista y donde el gobierno es padre suyo y dueño, crece, como distrófico, el hombre nuevo; es decir, el incapaz, el malcriado, el perezoso e incompetente. Pero resulta que al final ese mismo hombre nuevo escapa y llega ‒a saber: a Miami‒ aún muy creído de que el gobierno del país que lo recibe tiene aquella obligación de proveer y amamantarlo como si fuese éste también un gobierno paternalista. Y los hay que hasta apenas llegan a tierra nueva y de libertad y ya le exigen de todo al primo o al amigo próspero que estaba aquí, en el exilio, hace mucho tiempo y había sudado bien su prosperidad. O al compatriota exitoso ‒acaso en la música‒ le piden como si tuviese el deber de hacerlo que haga de la suya su causa y lo haga exitoso a él también, así, sin más ni más, como si el resto del mundo estuviese destinado a jugar el rol del estado comunista, proveedor absoluto pero inhibidor de la virtud. Sin embargo la libertad no es sino el gran desprendimiento de nuestras dependencias, es gestión y batalla. El hombre libre es padre de si y madre, y de nadie espera chupar; aunque acepte solidaridad y apoyo. ¡Ah pero ya estoy harto de oír ‒por ejemplo‒ el llantén de ciertos músicos cubanos que, una vez en el exilio, acusan al gran empresario y productor musical Emilio Estefan de mal compatriota porque no les tira el cabo que esperan y andan ahora echando peste por ahí, porque Estefan no resultó tan buen Papá como el tirano Castro!

Entonces que se callen y no lloren. ¡Que batallen, más bien, y que compitan; que sangren el éxito y trabajen! Nunca es tarde para aprender a ser libres y enterarse de que cada cual tiene lo que tiene que tener y vive de acuerdo con sus esfuerzos. No hay que temerle a la libertad, como el canario al que le abren la jaula y se niega a salir. La libertad no es para los cobardes. (¡Secaros las lágrimas y seguid!).

Y así mismo es ese hombre nuevo, tan cacareado por el comunismo: una llorona.

sábado, 18 de julio de 2009

ESTÁ DE MODA EL CAMBIO por osvaldo raya

Está de moda el cambio. Es como un vicio. Es la clave del discurso posmoderno que seduce a la muchachada o a esos viejos verdes que aún quieren sentirse jóvenes y hasta se retractan de sus preceptos y dudan de sus antiguos credos; con tal de tener alguna sensación de rejuvenecimiento y, de paso, evitar ser acusado de retrógrado y conservador. Está de moda descreer y tildar de inexactas y subjetivas ciertas convicciones. Mas no sé yo que tenga que sentir pena por ser conservador como si eso ‒conservador‒ fuese una mala palabra ni deba yo avergonzarme de creer en la validez de lo esencial, superior y trascendente, de las verdades fijas y universales, de lo potencial y divino, ni que deba descartar todo lo que la racionalidad no acepte, como si el entendimiento estuviese limitado y sometido exclusivamente a lo racional y mundano, a lo accidental, lo mesurable, lo intrascendente y singular.

Padécese hoy como de una alergia a lo permanente, a aquello que no pierde ni perderá su vigencia. A lo que trasciende y perdura. A los valores que siempre serán valores y tendrán validez mientras exista el hombre en la faz de la tierra. Mas ¿quién dice que hay fecha de caducidad para la virtud y el sacrificio, para el amor, la cortesía, la moral, la ejemplaridad y el altruismo? Dios no es nuevo ni viejo. Tampoco no lo son ninguna de esas otras verdades universales y afines a la divinidad. Lo divino o sustancial no es exacto ni inexacto sino concreto y sempiterno. Y sí, Dios es Dios ‒y el amor es el amor‒ y no un punto de vista que cambia de acuerdo con cada individualidad que lo conceptualiza y asume. Del amor, ¿qué es lo que hay que cambiar del amor?

Las verdades mayores son fijas ‒afortunadamente invariables‒, gústele o no a esa especie de chicuelos rebeldes que pululan con títulos de filósofos en los medios de comunicación masiva donde se refieren con disimulada sorna a la excepcionalidad de ciertos hombres y proclaman, so pena de los nuevos tiempos, la inutilidad del sacrificio y la expiración de los modelos de ejemplaridad. Por eso, nada me impide llamar mediocres a ciertos académicos de trasnochada adolescencia que bajo la égida de las academias se ufanan de no sé sabe cuántos diplomas y grados pero en verdad esconden su profundísimo y vergonzoso desconocimiento de las verdades humanas y de toda la existencia. La pose de criticón o de desmitificador y revisionista ‒de desacralizador‒ parece que les ha valido a muchos para que los neófitos se asombren de sus irreverencias. Y ahí están con la banderita del posmodernismo o relativismo, ese izquierdismo ‒o liberalismo‒ intelectual que, en descarada intolerancia, alardea de su tolerancia y del respeto a la diversidad y flexibilidad de los valores pero ha armado toda una comparsa iconoclasta y negacionista que pretende reducir a pieza de museo y desacreditar lo que nunca será viejo ni perderá, jamás, entre los hombres convencidos, el prestigio. Es como si quisiesen desarticular las bases donde se asienta la sociedad humana. Y es usanza en el discurso relativista tomarlo todo así, de un modo cool, refrescantemente ‒no como los recios hombres de la ya pasada modernidad‒, como si fuese juguito la vida o cosa intrascendente y meramente ocasional. Y se puede notar con mucha frecuencia el tonito burlón a la hora de referirse críticamente a los trascendentalistas y conservadores, a los que sostienen con firmeza de carácter lo que piensan y no tienen esa personalidad ameboide y camaleónica, ni son tan asustadizos y mujeriles a la hora de afirmar y reafirmar un criterio.

Pero resulta que lo que se califica vetusto e impropio o de políticamente incorrecto o de subjetivo (porque no hay consenso o no es demostrable ante la ciencia o es inexacto); lo que así se califica, no es ni viejo ni nuevo por eso, porque nunca fue nuevo y entonces jamás podría envejecer; es decir, que a lo largo de la eternidad fue y será profundo y sustancial. Claro, los relativistas desconocen que la exactitud o inexactitud, lo demostrable o no, para nada es aplicable ante lo sustancial y universal. Las sustancias o concreciones o esencias no necesitan ser medidas ni probadas como si se tratase de fenómeno o accidente o particularidad. Nada en lo alto es relativo. Ninguna elevada condición, ninguna celestialidad o concreción.

En fin, están creadas las condiciones para que la mediocridad se blasone de inteligente y acertada. El río está revuelto y si no, hay que revolver el río; formar remolinos y enturbiar el agua. Desviarlo de su cauce. Hay que hacer cambios; para que pueda sobrevivir aquel que no tiene raíces porque no quiere tenerlas o porque le falta el valor para echarlas o se sabe a sí como planta muy endeble y prefiere dejarse tumbar por el viento. Es que a río revuelto, no queda claro quién sabe de verdad y se camuflan, entre los sabios de la corte, el bufón y el proxeneta. El cambio constante promueve la confusión, la inseguridad, la ruptura de todos los pilares y al ser así, ni falta hace empaparse bien de nada ni con nada comprometerse ni con nadie. De ahí que cualquier ignorante ‒y, aún peor, el ignorante universitario‒ se alce por sobre su propia ignorancia como sabidillo oficializado‒ a pesquisar en la virtud hasta volverla pecado y condenarla y se monte en el tren que llaman consenso a por el crédito de los auditorios y los medios. Entonces últimamente habrá que ir desconfiando de algunos académicos y tenerlos bajo sospecha de conspiradores y promotores de la idiotez y la inconsistencia. Muchos no esconden su falta de criterio alegando que son más importantes los matices que el color; de modo que los conceptos fundamentales quedan sujetos al capricho de lo personal y accidentado. Ahora todo vale y todo está justificado por eso, porque los tiempos cambian y se flexibilizan los valores y se justifican las acciones negativas de acuerdo con patrones privados y demasiado circunstanciales. La contundencia es pecado mortal porque está fuera de moda. Tener criterio y defenderlo con cabalidad es herejía y dogmatismo. Hoy nadie ‒por miedo a las demandas legales o por miedo al juicio severo de quienes pueden colgarle el sanbenito de impreciso y anacrónico‒ se atreve dar un juicio sin antes volverse loco en los archivos buscando como en los tiempos del Medioevo consenso de especialistas o prestigiosas autoridades en la materia ni se atreve a decir que cree en lo esencial y fijo. Sin embargo el pensamiento posmoderno no tiene más pauta que la no pauta, que el caos, la impostura, la opinión amorfa. Ya nada parece tener asiento, según el pretendido relativismo de las academias: la regla es el cambio, lo alternativo y fugaz. Y eso es buenísimo para los grandes mercaderes. O para los que de pronto quieren convencer a las grandes masas con sus grandes promesas de cambio. Es muy bueno, sí, para los poderosos. Excelente.

Pero el cambio es rebeldía porque éste trae consigo el oscurecimiento y alejamiento de lo sustancial y recto, de lo superior e invariable. Y toda rebeldía o revolución es desvío del camino hacia lo divino. Por tanto, tal oposición y resistencia al flujo natural del universo es estupidez, incultura, acción inútil y retrógrada. Los liberales buscan una libertad afuera de sí y lo que logran encontrar es libertinaje. Hay que buscar en sí, en la esencia, en lo permanente y potencial, esa libertad que sólo el conocimiento del amor y, por ende, de lo divino posibilita. La verdadera libertad está en nosotros mismos no en las opciones y alternativas del mercado ni en el azuce de nuestras diferencias y diversidades. Fragmentar la sociedad en minorías, alegando la defensa de la diversidad de gustos y preferencias o tolerancia y flexibilidad ante los nuevos retos de la humanidad, parece ser una exitosa ‒aunque lamentable‒ estrategia de mercadotecnia y es un crimen. Sin embargo, el universo mismo (uni- versus: la variedad en uno) no pasa por alto las alternativas y la diversidad pero no las estimula sino que busca fluida y armónicamente la superación de toda diferencia.

Y es que no hay nada que el universo no tenga previsto. Ninguna esencia es cambiable y ninguna verdad mayor. Los rebeldes son los que alteran ‒cambian‒ y profanan el curso normal de la existencia humana. Si a acaso fuesen necesarios cambios, serían aquéllos que deberán hacer los que cambiaron lo que no tenían que cambiar; es decir; hay que exigir a los que tuvieron la osadía de profanar y desviar el curso de la vida, la vuelta al ritmo normal. La vuelta a la sustancia. A la esencia. A lo troncal y divino. Ninguna revolución es, pues, justificable. Ninguna transformación en los conceptos de amor, de sacrificio, de justicia, de moral. Entonces que no vengan a pedirme, con su desprestigiado prestigio, los nuevos filósofos y pensadores, que me pliegue a la moda ni vengan con el ya viciado discurso de que todo es relativo o depende de la opinión que cada cual tenga o del punto de vista personal o que la historia es narración o que hay que revisar nuestros más inherentes preceptos y cuestionarse los mitos y los iconos que nos han servido de ejemplo y nos han insuflado aliento y esperanzas. No me vengan con que el sacrificio es inútil y que mis modelos de hombre virtuoso ya no me sirve para la vivir en estos tiempos. Pobre de los que tan enamorados están de lo accidental y cambiable, de lo singular y especifico, de lo intrascendente y exacto ‒del maquillaje de la existencia‒; porque nunca darán con la verdad! ¡Pobre del que tanto reclama los matices ‒o coloretes‒ porque al cabo no disfrutarán ni entenderán el color!

Nada, que todo lo que hay que hacer en este mundo es conservar la pureza y el amor y confiar en el curso viable y natural del universo. Los cambios son voces de sirenas que a los de espíritu medio o inferior les gusta oír. Lo que hace falta es una restauración del orden, de los valores, de la mirada hacia lo trascendente y eterno. El hombre grande ‒el hombre superior‒ no es rebelde y sabe muy bien que solo lo accidental e intrascendente cambia y que ninguna verdad esencial es mutable. Las virtudes son virtudes en todos los tiempos y por los siglos de los siglos. No inventemos virtudes nuevas, ni valores nuevos porque no es posible. Dígase más bien que cada cosa debe ocupar el lugar que le corresponde y que hay que respetar y preservar el orden divino y el ritmo universal, la eterna armonía. Toda revolución es inarmónica y brutal y retrasa el avance y el progreso. Y no. Yo no tengo que seguir esa locura, esa manía de transformar o modificarlo todo a toda hora, ni ese fatalismo ni ese hastío generalizado y peligroso. No pienso retractarme de lo que considero especial, extraordinario, excepcional, trascendente, superior, fijo y eterno. No tengo que, para ser un hombre de mi tiempo, ser tan inconsistente y liberal. El único cambio es cambiar a los que lo cambiaron todo, a los que torcieron la vida económica y social de los pueblos, a los que trastocaron los valores de siempre. Hay que restaurar lo que las revoluciones desarticularon y destruyeron con aquel arrojo de bestias. Es tiempo de restauración y no de cambio.


Y no. No hay tiempo de cambios. El tiempo mismo es el cambio. Y eso… ya lo sabia el universo, antes que ningún filósofo o ningún académico de pacotilla se le hubiese ocurrido.
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martes, 14 de julio de 2009

RESPUESTA A UN CUBANITO QUE ME JUZGA DESDE EUROPA por osvaldo raya

Tu carta fue muy explosiva. Pura dinamita: por fin vomitaste lo que me tenías guardado. Parece que irte de aquí, para ir a vivir en Europa, te hizo mucho daño. O te hizo daño la tortilla española.

¿Conque tal mal pensabas de mi y de mi posición ante la tiranía de los Castro y tan mala opinión te merecemos los exiliados del sur de la Florida? ¿Qué te hicieron en España? ¿Te cambiaron mal el culero? Resulta que haberte mudado a Madrid te hizo mudar también de piel y de alma. Y te aflojó la faja. ¿Así es que los cubanos de Miami somos, ahora, para ti, como trogloditas y trasnochados? Entonces… ¿a partir de tus cambios, te parezco enquistado, anticuado, rígido; tan sólo porque pienso y sostengo ‒por ejemplo‒ que el embargo norteamericano al gobierno de Cuba debe mantenerse y que juzgo como indigno ‒y blandito‒ al dialoguero y tildo de egoísta e inescrupuloso al mercader que pasa olímpicamente por encima del dolor del pueblo cubano y prefiere hacer valer sus intereses económicos y financieros ‒y hasta secretas ambiciones políticas de a largo plazo‒, so pretexto de un enfoque flexible y más actualizado y hasta mas seductor? Semejante enfoque ya va reclutando a las mentes más incautas o inmaduras; de modo que se pretende minar poco a poco las convicciones y hasta ridiculizar la firmeza de los exiliados de todas partes del planeta, a fin de que no vean con malos ojos ciertas posibles negociaciones con el dictador y su camarilla. ¿Qué me pides?: ¿que apoye a ese próspero empresario de origen criollo radicado aquí en Norteamérica o allá en el Viejo Continente quien ya está pensando adelantarse al resto de la rapiña mundial y mueve desde ya sus tentáculos por debajo de la mesa para tomar ventaja y garantizar una buena tajada antes de la era poscastrista? (¿Qué astuto, eh?) ¿Que quieres tú, que vea a ese tipo como patriota y hombre iluminado, tocado por la gracia de una visión superior y deslumbrante? Pues no. ¡Que te deslumbre a ti, que fácilmente te deslumbras! ¡A mí no!

¡Ah por eso es que dices que estoy fuera de la nueva ola, de la nueva onda, como algo anacronico ante las ideas de cambio o que por eso soy como un fócil ‒sí, hasta me llamaste fócil, dinosaurio y primitivo! Bueno… ya veo que quieres cambiar, que te aburriste rapidito de tu antiguo alineamiento y que al llegar a España ‒tal vez Zapatero te lavó el zapato y el cerebro‒ te sentiste avergonzado de parecerte a los del Exilio Histórico, a los Plantados, a Ninoska y a Pérez Roura. O de parecerte a mí. Veo que optaste por quedar bien con la moda y no con la patria y quedar bonito y refrescante ‒muy cool‒ en la foto que te tomaste al lado de todos de esos magnates que te deslumbraron y te lavaron el cerebrito y lograron que te convirtieras en ese patriota posmoderno o de nuevo tipo ‒olvidadizo e indiferente, preocupado por tu look de hombre tolerante que repite ahora un discurso muy ‒pero muy‒ diferente al aburrido de siempre y de todos los días, el de la vieja guardia ‒la mafia de Miami, como la bautizaron los comunistas. ¿Te parezco, pues, fuera de moda y muy rígido? ¿Verdad? ¿Te da la impresión de que voy contra esa corriente de pensamiento relativista, demasiado narcisista y ameboide que se hizo abanderada de la tolerancia y la opinión alternativa, como si ésas ‒la tolerancia y la opinión alternativa‒ se hubiesen inventado hace poco, junto al iphone y el mp3? ¿Qué crees, que estoy muy desinformado y desactualizado y que aún ni me he enterado de los cambios en la Casa Blanca o de las nuevas tendencias izquierdistas de América Latina y España?

Me queda muy claro que para ti es importante cambiar porque hay que cambiar; porque está de moda el cambio, el enfoque más flexible y abierto e insistes que ahora es la hora de cambiar la cara de los luchadores contra la dictadura cubana. ¿Dime, por Dios, quién está detrás de tu abrupto viraje? ¿Qué te traes? Lo tuyo será estar en la farándula política, las proyecciones financiaras, los negocios en grande y con los grandes pero no digas que es la causa de Cuba. Lo tuyo es trabajar para otra cosa. Por favor, no creas que tienes cabeza o inteligencia suficiente como para confundir y desviar de lo suyo a los amigos que tienes aquí en Miami y que te teníamos como alguien de los nuestros. A todos les he comentado tu carta y tu onda nueva y todos te harán saber lo que piensan al respecto, en caso de que a ellos, también como a mí, les dejes caer tu alud de críticas y hasta de burlas. Tus amigos ‒o ex-amigos‒ seguimos, así, como un pilar ante la situación cubana: «Contra la Revolución, todo; a favor de la Revolución, nada.»

Llamale ‒si quieres‒ rigidez al amor que le tengo a la libertad y al respeto que le debo a la memoria de los que perdieron la vida en el pelotón de fusilamiento o a los que todavia sufren las atrocidades de la Policía Política en las cárceles cubanas. La moda no me seduce y no es la moda ni el modo como sople el viento lo que me guía en la vida y menos lo que mueve a alistarme a favor de la libertad de mi país. Y entiéndelo: No hay varias posturas ante el oprobio y la tiranía sino una sola, incólume y viril. El resto no es postura sino pose, narcisismo, amaneramiento político, snobismo, frivolidad o quien sabe si traición.

Mi discurso no es viejo ni nuevo: es el discurso de todos los que no aceptamos ningún coqueteo ni hacemos ninguna concesión a los bandidos que nos usurparon la patria. La moda cambia, va y viene y el viento sopla a veces hacia este y otras al oeste pero no cambia ‒no podría cambiar ni un ápice‒ el deseo de desterrar de raíz el mal que cunde en la Isla de Cuba desde 1959. Ni moderno ni posmoderno: cubano y nada más. ¿Te parece muy anticuada la firmeza y la faja bien ceñida?

Tal es mi postura y tal será, hasta ver que Cuba es definitivamente libre. Esa es mi postura y la de muchos cubanos dignos que viven lo mismo en Miami que en Europa. ¡A otro con tu cantaleta de que los europeos ‒y por ende los exiliados cubanos de allá‒ son más civilizados que los de acá; porque acá somos como bestias! Respétame. Y deslíndate de mí y nunca más pongas tu nombre al lado del mío.

Magister dixit
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lunes, 13 de julio de 2009

PATRIOTA SOMOS TODOS por osvaldo raya

Los de allá ‒de la Isla‒ y los de aquí ‒del exilio. Patriotas somos todos, cuando somos patriotas. Como cada cubano es Cuba y patriota cubano es el que ama a ese terruño pero también a esa alma colectiva ‒y vademecum‒ que llamamos Cuba y que por causa de ese amor aporta a su riqueza material y espiritual y la defiende de sus tiranos y la protege de las contingencias naturales o artificiales y le regala ‒a la patria‒ su arte y su amor y como se es patriota esté donde se esté, sea en el exilio ‒como Martí y muchos otros independentistas‒ o en la propia isla; como así es, entonces no hay distinción y no veo yo que se sea más ni menos patriota por estar luchando por la libertad, cerca o lejos de la patria. Ni más ni menos sacrificios se hacen por la patria en un sitio o en otro. Cada cubano sabe lo que debe sacrificar o lo que puede. Y el más pequeño puede ser el más grande porque cualquier sacrificio sirve para la causa. La patria no exige contabilidad ni sumatoria de lo que podemos ofrecerle sino amor, que no es cosa mesurable. Y hay sacrificios en la isla y sacrificios en Miami y en Montreal y en Groenlandia o en Madrid y en Paris, donde hay muchos cubanos trabajando también por la libertad de su adorada Cuba.

Nadie, pues, vaya a creer que me hará sentir disminuido en mi patriotismo ‒ni culpable‒ por no estar en Cuba y luchar desde aquí, desde el exilio, donde muchos creen que es fácil luchar o que no hay nada que sacrificar o que es menos valioso el esfuerzo. Pero no es así. La patria no mide ni hay un patrón para cuantificar y evaluar el patriotismo. No, no es tan sabrosona ‒cómoda o fácil‒ la lucha de los exiliados, como creen algunos. Es dura también, con las ventajas ‒obvias‒ de no estar exactamente en la boca del lobo pero es dura también y sacrificada; porque hasta la cola del lobo es peligrosa. Y muy valiosa es; e, incluso, imprescindible, la lucha de los exiliados. Hay cubanos que donan su tiempo, sus espacios y hasta parte de su salario o de su fortuna y que, lejos de sentarse a disfrutar tranquilamente de las bondades de vivir en tierras de libertad y de gozar egoístamente de la holgura económica, se angustian y no se sienten ni plenos ni felices porque piensan en los suyos de allá de Cuba e imaginan cómo la están pasando aquellos con tantas penurias y carencias, con tanta persecución y desinformación, con tanto desasosiego y desesperanza y se rompen la cabeza pensando a ver cómo hacen para enviar auxilio y apoyar la huelga de éste o la protesta de aquél o respaldar el reclamo de los familiares de los presos. Siempre están ahí, dispuestos a dar, a poner lo que ellos llaman su granito de arena. Y de granito en granito está creciendo la playa donde pronto vendrá a solearse la libertad.

Aquí en Miami hay gente que no duerme pendiente de la llamada que desde Cuba hará algún periodista independiente que escribió una denuncia o algún familiar de prisionero de conciencia. Aquí le ponemos voz a los que no tienen voz y encuentran espacios en la radio y la tele locales. Aquí hay organizaciones que laborean como hormigas llamando aquí y allá, cabildeando, contactando a organismos internacionales de derechos humanos para actualizar las denuncias por las violaciones y maltratos del régimen a la población cubana. Desde Miami se advierte a todos los gobiernos de la infamia y el atropello del gobierno cubano para que desistan de apoyarlo y lograr, acaso, una condena de éstos. Desde Miami se envían vituallas de todo tipo: medicinas, alimentos, ropa y hasta instrumentales médicos. Desde Miami, se hace un llamado a la consciencia mundial para que se tenga conocimiento de la situación actual de la isla en universidades y hasta en parques públicos de ciudades europeas y se organizan protestas frente a las embajadas o consulados del dictador en todas partes. Y desde aquí se viaja con dinero de los patriotas cubanos del exilio para participar en asambleas y congresos internacionales y dar conferencias de prensa y enfrentarse muchas veces a las turbas contratadas por los Castros ‒supuestas organizaciones internacionales de solidaridad con la Revolución Cubana‒ que le salen al paso, hasta con golpes y palabras soeces y con palos. Aquí se sufre de las decepciones, de las traiciones, de las falsedades que sufrieron también los emigrados cubanos que lucharon en otro tiempo por ver a Cuba libre del yugo español y que sufren todos los que en la historia de la humanidad tuvieron alguna vez el reto de enfrentar a los tiranos y no descansar hasta vencerlos. Toda lucha es así. Es normal. Pero en toda lucha hay gente que no se cansa ni se derrumba con el primer fracaso. Y eso pasa en Cuba y en Miami y en todos los rincones de la lucha y en todos los campos de batalla.

La patria no mide. Cuba no mide ni discrimina. El amor a ella también es inconmensurable y la bondad y el sacrificio. El tiempo a la patria no se reparte ni en horas ni en días ni en minutos. Dura lo que la eternidad y trasciende de vida en vida, de siglo en siglo y para siempre es; porque el tiempo de la patria es todo el tiempo y es el tiempo de todos los días de un cubano.

Empero más respeto hay que exigir para los asuntos de la patria. El patriotismo no es farándula ni tema amarillista ni comadreo ni rencilla de vecindades, ni hay cátedra ni academia de patriotismo. No hay divas ni divos, en la causa por la libertad de Cuba y todo esfuerzo nunca es mínimo y nunca es máximo. Ni nadie puede alardear o pavonearse de sus sacrificios o riesgos porque la patria no es pavo y mucho menos plumaje o artificio. Los hombres no vociferan su grandeza ni alardean de su capacidad de darse y de dar. Los hombres grandes callan porque de todos modos la patria y Dios escuchan. Y es que el héroe más heroico ‒el más grande‒ tal vez no lo conozcamos nunca; porque ahora mismo está muriendo, callado, sin la posibilidad de ufanarse de su patriotismo ni de su loable virilidad, encerrado en lo oscuro de su profunda mazmorra, donde soporta con dignidad y valentía, el suplicio de sus verdugos. El patriotismo y el heroísmo no son nombramientos. Ninguna institución ‒o ninguna universidad‒ puede expedir los títulos que sólo la conciencia de cada cual otorga. Nadie le dice a nadie «tú eres un héroe o tú eres más héroe o más patriota que tal o cual otro cubano.» Nadie está por encima de la patria misma como para evaluar quiénes son o no buenos patriotas o cuál grado de patriotismo puede ostentar este o aquel cubano. La patria es la patria y el amor es el amor y no una apreciación de alguien, no un juicio personal o consenso siquiera de especialistas o autoridades en materia de historia o socio-política. Ni es filosofía la patria como para que ningún filósofo o académico decida si ya pasó o no de moda el espíritu de sacrificio, la utilidad de la virtud, el excepcionalismo y la ejemplaridad o el altruismo de ciertos hombres que lo dieron todo por la patria. Nadie tiene derecho a decir que los mártires actuaron como suicidas y que no valió la pena tamaño sacrificio. Nadie tiene la atribución de deshojar nuestra experiencia histórica, nuestras leyendas y epopeyas ‒y hasta ciertos necesarios mitos‒; a fin de alentar el desencanto y el pesimismo. No es moral ni patriótico ni siquiera es de hombre sino de hembra asustadiza y perfumada desestimar y desestimular el altruismo. No se cuestiona ninguna gestión a favor de la libertad, por inútil o pueril que parezca o por muy idealizada o mística. A la patria se la ama y ya. Y a los patriotas de ayer y de hoy ‒y los de siempre‒ se les respeta y se les honra y agradece. Se ama o no se ama a la patria. Nadie puede ‒ni pudo ni podrá‒ amarla más ni menos sino amarla y nada más. Eso es lo que pedimos: amor ‒pero no mucho ni poco sino amor‒ para Cuba. Eso ya es bastante para que se vaya iluminando el camino que nos conduzca a nuestro mejoramiento como nación y como pueblo.

Y es hora ya de desechar la vara de medir lo que hace o no un patriota ‒siempre que sea patriota‒ y de soltar la balanza de pesar y sopesar los sacrificios. Todos pagamos un precio ‒el que sea‒ por querer que Cuba sea libre y batallar por ella. Es hora de quitarnos los apegos y las egolatrías y se integre como una sola la sangre de todos los cubanos. Cuando se construye un edificio, no queda grabado en cada ladrillo de cada pared la firma del albañil que lo colocó. Todos somos albañiles y no importa si este ladrillo lo puse yo o fuiste tú o tu primo quien lo puso o si fue un patriota de la Isla o del exilio o si era joven o viejo o del exilio histórico o del que no tiene historia hecha todavía porque la está haciendo ahora mismo, en lo que alguien discursa por ahí quiénes tienen o no historia.

La patria es de todos y la lucha también. Y de todos es el deber de procurar su libertad y destronar al tirano. Ni es sólo de los de allá ni sólo de los de aquí. Porque no sé yo ‒ni sabe nadie‒ que haya dos o tres Cuba y sí sé que alma cubana es la que tienen todos los cubanos, excepto los desalmados. De todas formas son cubanos todos aquéllos que una vez fueron cubanos de la Isla y tuvieron que convertirse en cubanos del exilio. Todos somos cubanos de la Isla. Los que se quedaron en Cuba, los que vinieron a Miami o se fueron a Australia o tuvieron que huir en un papalote al planeta Marte para que la maquina comunista de matar y de hacer pobres no los tragase. Todos estuvimos en la Isla aunque haya sido una hora, un minuto. Y luchamos allá y ahora luchamos aquí o más allá. O si no… ¡de dónde vienen los cubanos!

E insisto: no existe el mucho patriotismo ni el poco. Únicamente existe el patriotismo. Se es o no se es patriota.
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viernes, 10 de julio de 2009

TODO AL FUEGO, HASTA EL ARTE por osvaldo raya

foto: paul eluard por salvador dali

Que ¿por qué, si soy poeta y escritor, no dedico mejor mi weblog exclusivamente a la poesía y a la literatura y a lo que atañe al mundo de lo bello? Que ¿por qué me complico hablando de política y me tomo tan personal el problema de Cuba y de la carencia de sus libertades? Que ¿a qué escribir, como prioridad, denuncias y condenas al régimen de La Habana o cuál es la utilidad de desgastarme en redactar reflexiones acerca de la importancia de luchar contra algo que no tiene remedio y contra lo que hasta ahora nadie ha podido, y menos un artista?

En los tiempos en que Francia había sido ocupada por los nazis, un poeta llamado Paul Eluard se dispuso a escribir unos versos a su amada Dominique:

«En mis cuadernos de escolar / en mi pupitre en los árboles / en la arena y en la nieve / escribo tu nombre. // En las páginas leídas / en las páginas vírgenes / en la piedra la sangre y las cenizas / escribo tu nombre. // En las imágenes doradas / en las armas del soldado / en la corona de los reyes / escribo tu nombre. // En la selva y el desierto / en los nidos en las emboscadas / en el eco de mi infancia / escribo tu nombre.»

Al final el poeta pretendía revelar el nombre de su esposa; de modo que el poema, acaso, habría terminado así:

«En la ausencia sin deseo / en la soledad desnuda / en las escalinatas de la muerte / escribo tu nombre. // En la salud reencontrada / en el riesgo desaparecido / en la esperanza sin recuerdo / escribo tu nombre. // Y por el poder de una palabra / vuelvo a vivir / nací para conocerte / para nombrarte / DOMINIQUE.»

Pero ocurrió que una fuerza mayor, el compromiso con la lucha por la libertad de su país dominó el alma del poeta y el poema, entonces, terminó así, como es conocido hoy en día:

«Y por el poder de una palabra / vuelvo a vivir / nací para conocerte /para nombrarte /
LIBERTAD.»

Las circunstancias y toda inquietud que apremie son capaces de dar un giro grande a la obra de un artista; asi es que el poeta y el orador tienden a alzar su voz y su pluma, en pro de lo que le angustia más y le devora más el espíritu. El tiempo convulso que nos ha tocado vivir se vuelve el gran protagonista en los folios, en los lienzos, en las partituras… y reclama su espacio.

El arte a lo largo de la historia ha respondido en la medida de sus posibilidades al reclamo de todas las causas de amor y justicia. No olvidemos al poeta Tirteo ‒en los tiempos de la Antigua Grecia‒ que arengaba con sus versos a los espartanos. Y cómo no acordarnos de Goya, el pintor que pintó los crímenes de la ocupación napoleónica en España. Cuba está necesitando también sus Tirteos y sus Goyas y sus Eluard. Y como apremia la libertad de su isla maravillosa, el creador cubano ha de disponer de su arte y ponerlo, también, en función de ella, sin renunciar a los temas eternos ni al buen gusto ni al espíritu bello y sensible. La belleza, como es una invitación al amor, nos hace falta también para poder ser libres e identificarnos como individuo y como pueblo. Pero a veces urge levantarse y gritar en contra de lo injusto y del odio. Entonces es como dijera el más tierno y ejemplar y más grande de todos nacidos en mi tierra: « Todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera! » El propio José Martí llega más lejos en esas mismas páginas en las que escribió acerca de la exhibición de pinturas del ruso Vereschagin y dice: «¡La justicia primero y el arte después! Hembra es el que en tiempos sin decoro se entretiene en las finezas de la imaginación y en las elegancias de la mente! Cuando no se disfruta de la libertad, la única excusa del arte y su único derecho para existir es ponerse al servicio de ella.»

Todo es útil. Todo vale. Ningún esfuerzo es en vano cuando se defiende lo más sagrado: la libertad. Y no hay goce más grande que poner al menos un poco de luz en medio de la oscuridad. ¡Todo al fuego, hasta el arte!
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domingo, 5 de julio de 2009

YO SOY INTOLERANTE por osvaldo raya

No, no voy a negarlo. Efectivamente, yo no sé discutir: En verdad he resultado ser un tipo intransigente, intolerante, radical, extremista. Yo no quisiera pero es así: no puedo evitarlo. Es algo que va conmigo, que me fue sembrado poco a poco y cada día por la educación revolucionaria. No puedo olvidar las sesiones de odio ‒que eran como las que cuenta la famosa novela de 1984 de George Orwell‒ en cada reunión de los Comité de Defensa de la Revolución, aquella organización de la vecindad que debería vigilar y atacar cualquier resquicio de contrarrevolución y en donde se atizaba rabiosamente el rechazo a todo pensamiento disidente. Y me fui acostumbrando al blanco y al negro («Con la Revolución todo, contra la Revolución nada»). Y así fui adoptando una postura rígida e implacable. Por eso es que tengo que admitir que hoy por hoy no soporto escuchar a nadie que no opine como yo en asuntos de política. Todavía siento la necesidad de armarle un circo al que se me atraviese y se me oponga con un punto de vista medio blandito y paliducho en relación con los problemas de la situación cubana de hoy. No aguanto tener ni por dos minutos delante de mí a nadie que apoye a la dictadura comunista de los Castros. Me lo quiero comer vivo. Pero los comunistas me enseñaron a ser así y así soy. De ahí que siempre quiera tirarle huevos a mis oponentes y me vengan de pronto esas ganas de gritarle al tipo que manifiesta simpatía por la Revolución: «¡muérete, hijo puta comunista, traidor, escoria!» y hasta me domine un instinto como de ir a destrozarle su casa; tal y como aprendí viendo aquellos famosos y desaforados actos de repudio de mi barrio cuando alguien hacía saber su deseo de abandonar el país y venirse a vivir a Miami donde estaba el enemigo de la Revolución. No sé, es algo que está en mí. ¡Mira que lucho contra eso pero coño me domina! Es que estos comunistas le dejan a uno el cerebro bien ‒pero bien‒ lavado. Son demasiado eficientes en eso de envenenarle el espíritu a los niños y a los jóvenes, en entrenarlos para la soberbia, la rabia, el terror. En formar con ellos las turbas de porristas que asalten la libertad y la dignidad de los opositores.

Aun a mis 54 años, mantengo dentro de mí a una bestia que fue alimentada y estimulada desde niño y durante toda mi adolescencia y juventud. Yo soy ese hombre nuevo ‒hombre bestial‒ que querían hacer de mí; es decir, alguien incapaz de escuchar al que tiene una opinión diferente a la de uno, que no sabe discutir y que reacciona con rigidez casi militar ante aquellas opiniones que considera adversas y totalmente equivocadas.

Ya no hay remedio. Entonces, heme aquí así, todavía, igualito: intolerante, agresivo, radical, medio sordo. Pero en el otro bando, defendiendo mis ideas de la única forma que aprendí a defenderlas. Por eso admito que sí, que tengo ganas de tirarle huevos y piedras y romperle la cara a Francisco Aruca, a Max Lesnik, a Edmundo García y otras ratas que sirven de voceros de la dictadura cubana, aquí en Miami… ¡que ni se les ocurra pararse delante de mi! Y, por eso mismo, tampoco quiero oír a los trovadores oficialistas Silvio Rodríguez y Pablito Milanés. Creo que si me encuentro con uno de sus discos, soy capaz de picotearlo o de darle candela en la misma pira donde colocaría también todos los libros de marxismo que tenga a mi alcancce y todos los discursos del Gran Usurpador de la República de Cuba. ¿Qué tal eh? ¿Me van a acusar de intolerante y extremista aquellos que me entrenaron precisamente para ser intolerante y extremista? ¿No querían que odiara, que fuera combativo e intolerante con la opinión de los que disienten de mis ideas? ¡Pues aquí tienen al intolerante que querían: ahora, entonces, que se jodan!

Nada, que mi intolerancia vino conmigo desde Cuba y no la aprendí en Miami ni oyendo Radio Mambí sino leyendo el Granma y Juventud Rebelde y escuchando Radio Progreso, Radio Liberación, Radio Reloj.

(Y a ti, so comunista ‒después de leer esto‒: ¿cómo te quedó el ojo?)
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miércoles, 1 de julio de 2009

HOy 1 DE JULIO nos sumamos a LA MOVILIZACIÓN GENERAL MUNDIAL DE BLOGUEROS E INTERNAUTAS que RECLAMA AL GOBIERNO VENEZOLANO :- RESPETO POR LAS LIBERTADES DEMOCRÁTICAS-ELECCIONES LIBRES SIN FRAUDES Y CON PARTICIPACIÓN LIBRE DE LA OPOSICIÓN-LIBERTAD IRRESTRICTA DE PRENSA- LIBERTAD IRRESTRICTA DE REUNIÓN- NO SEGUIR LOS PASOS DE LA DICTADURA QUE SUFRE CUBA HACE MÁS DE MEDIO SIGLO.Y EXPRESA SU SOLIDARIDAD CON LOS QUE LUCHAN POR LA LIBERTAD EN IRÁN Y BOLIVIA

FREEDOM FLIGHT

FREEDOM FLIGHT
por ANGEL PEREZ pintor cubano-americano