miércoles, 18 de marzo de 2009

EL COPYRIGHT DEL ODIO por osvaldo raya

http://calleocho.com/component/option,com_gallery2/Itemid,43/?g2_itemId=115 [origen de la foto]

Todos tenemos nuestras bestias allá dentro. Algunos las amarran o las guardan en el interior de ese secreto sarcófago sellado donde también se alojan las sombras del alma y las lecciones de amor y de bondad que no hemos aprendido todavía, por tercos o porque nos falta drenar los sedimentos y echar espuma por la boca de la ira o botar por las narices fuego. Nadie quiere quedarse con todo eso adentro. Todos ‒hasta los hombres más grandes‒ conocen la cólera y alguna vez se han puesto como cianóticos o se los ha visto con los ojos enrojecidos, como toro que embiste, y con la vena del cuello pronunciada. Muchas veces me cabreo y me pongo así, igual que pastor que, apesar de contarlas a cada poco, ha perdido, como dos de sus ovejas. Es que de vez en cuando nos hace falta la rabia y mostrar al menos la uñita amenazadora del dedo meñique ‒no toda nuestra garra‒; para que se sepa que no tenemos ni un pelo de tontos o de indiferentes. El amor tiene que defenderse. La rosa es de frágiles pétalos y es blanca y purísima ‒¡casi santa parecen las rosas!‒; pero… ¿para qué han de querer tantas espinas? ¡Ah…! Ya hemos sabido de ciertas flores fatuas: rosas que maquillan y adornan sus punzones. Yo las conozco y las repudio. Prefiero las otras, las de siempre, que no esconden, con afeites, las afiladas puntas.

Los hay ‒no tan viriles varones pero sí muy cool‒ que un día van a reventar como presumidos y golosos sapos, de esos que van de loto en loto, acumulando en sus estomagos ‒no sé hasta cuándo‒, el veneno de los grillos y las moscas que han venido tragando y tantas ganas reprimidas de gritar y de soltarse de adentro. A veces no pueden disimular tanto disimulo y sienten la tentación de abrirle la jaula a su bestia interior... pero no, no se atreven del todo y descargan su voltaje furtivamente por los rincones; de modo que nadie los sabe de tan mala leche. Sí que los hay así, como esas rosas de espinas maquilladas. Son como frágiles ‒e inconsecuentes‒ promotores de la paz y la cordura y del control de nuestras pasiones más auténticas e incurables. Ellos, con tal de quedar bien con todas las verdades han inventado la media verdad y viven disculpándose de sí mismos y pidiendo permiso para vivir y andar. Desde el borde o desde el brocal, contemplan la caída de la estrella y no van a por ella a adoptarla para que no se quede huérfana de luz y mimarla, entonces, en los cielos de sí. La dejan ahí tirada, desangrando aquel último brillo. Estos pendones ‒metrosexuales de la opinión‒ viven en un fanal desde donde contemplan, sin inmutarse, la marea diluviana. Y dicen que no, que no odian, que no le desean la muerte a los tiranos y que hablar de política es mala educación y se cambian de religión y reniegan de los mitos que en el pasado desataron paroxismos y trances. Ahora están con la moda, es decir, en esa moderna ‒o posmoderna‒ religión que, a diferencia del resto de las religiones, no tiene mitos ni ritos ni sustancia demasiado caústica. El indolente no odia ‒¡oh no!‒ pero corroe el amor o lo aparta porque no se atreve a ponerse la zapatilla del que tiene una herida que nunca cicatriza. El indolente es cobarde y se disfraza de mediador y de juececillo que dice que hay que ver la verdad de nuestros oponentes tan válida como nuestra verdad y bla… bla… bla… Y, con esa sintaxis que no es si no gerundiada, se lanzan de articulistas y ensayistas de la tolerancia y se los ve, de pronto en la internet en un blog de fondo rosado y amarillo.

Por aquí andan, en Miami, cubanos de medio pelo ‒y de media faja a la cintura‒ que critican el cubaneo y el apasionamiento; y se avergüenzan de los modales de los que se sientan a compartir la nostalgia y la rabia en el portal del Sedano de la cubanísima ciudad de Hialeah ‒émula del barrio habanero de Marianao‒ y se mofan de los viejos exiliados a quienes condenan porque dicen que éstos destilan cataratas de odio y rabian como perros ‒mas no pueden decir que como hienas‒ y que no saben discutir civilizadamente y hasta creen que son dueños de toda la verdad. Tal vez tengan razón pero es lamentable que irrespeten y se burlen del único discurso posible en un anciano que allá en Cuba el Gobierno Revolucionario le arrebató la vaca y el camión y el almacén que con tanto sudor levantó. Y lo peor: a éste mismo anciano también le arrebataron a su único hijo. Luciano es su nombre y aún llora rabioso cuando narra que unos barbudos ‒aquella epidemia de color verde olivo‒, bajo las órdenes de un tal Guevara, lo sacaron a patadas de la casa y esa misma madrugada lo llevaron al cuartel de la Cabaña para fusilarlo. Ahora Luciano debe de estar tomando café en el Versailles, en la Ocho, con otros viejitos exprisioneros del castrismo ‒hombres de sustancia solar y no de atrezzo, fieles a su dolor y a su credo‒ con quienes se pone de acuerdo para el próximo desafío en el Parque del Dominó, también en la calle Ocho. Allí, intercalado entre los chasquidos que produce el choque de las fichas de este típico juego, suelen escucharse las discusiones acaloradas sobre política. Pero el Parque se pone que arde cuando viene un provocador y se coloca en la acera del frente; de manera que los jugadores vean que lleva en su camiseta la cara oprobiosa del tal Guevara que fusiló al hijo de Luciano en el ‘61. Entonces Luciano quiere buscar un machete y matar al provocador y le vocifera y casi ruge y casi ladra o chilla como rabiosa locomotora o como niño que nació en noche oscura. Él odia con toda su fuerza a ese rostro que luce en su camiseta el provocador. Y no esconde su odio por eso, porque es el único estandarte que le queda para honrar la memoria de su hijo y porque ese odio no es suyo sino es el que le inocularon los del Gobierno Revolucionario con sus expropiaciones y sus famosos pelotones de fusilamiento.

Y ¿quién odió primero? ¿Los cubanos del Versailles y del Parque de la calle Ocho o los de allá, los que encarcelan y matan en la Isla? ¿De quién es el odio originario? ¿Quién es el dueño, el autor del odio?

¡Cuánto odio tienen que tener los del Gobierno Revolucionario ‒los Castro y el Guevara ése‒ y todo el séquito de enanos y de eunucos que gritaba como hordas de vándalos «¡Paredón para los gusanos!»! O sea, que esa chusma histérica y despiadada pedía , sin el menor pudor, que se asesinasen a todos aquellos que pensaban diferente a los barbudos. La misma gentuza salvaje que, organizada en turbas, más tarde protagonizaría los escandalosos actos de repudio los cuales eran casi casi un linchamiento contra quienes decidían abandonar el país por estar en desacuerdo con la dictadura. Y qué decir de las ‒todavía vigentes‒ Brigadas de Acción Rápidas o Brigadas de Odio. ¡Y cuánto... cuánto odio se necesita para encarcelar y matar a tanta noble gente o para aplaudir el crimen o invitar a cometerlo, como un acto patriótico y perfectamente moral ‒según las concepciones revolucionarias! Y ¿dónde fue que aprendimos los cubanos de aquí a rabiar y a gritar desaforadamente?, ¿ quien nos entrenó y perfeccionó en el oficio estridente de usar la garganta como megáfono y a levantar tribunas dondequiera; a saber, en toda la calle Ocho o en el portal del Sedano en la norteña Hialieah? ¿Cómo es que somos expertos en eso de salirle al paso a todo el que defienda otra idea diferente? Yo soy así de intolerante porque so pena de la tolerencia no voy a darle ni chance ‒ni una hendijita siquiera‒ los voceros de esa dictadura que siempre nos volcó su hedor y su rabia y nos vociferó, con palabras soeces, toda la hiel de su asquerosa ideología? ¿Cuál ha sido el modelo de comportamiento, a la hora de discutir nuestras diferencias; para nosotros, los que fuimos educados en las escuelas socialistas ‒las únicas escuelas que hay en Cuba? Recuérdese que todos los días teníamos que padecer la gritería y la histeria de los militantes del Partido Comunista: todos los días y a toda hora, en la calle, en la tele, en los prensa escrita. Y este odio mío a todo le que huele de izquierdas y revolución y a marxismo-leninismo, ¿en dónde lo aprendí? La Cuba de los Castros es la gran escuela donde nos entrenamos como intolerantes y rabiosos. La Revolución Cubana es el aula magna de todos nuestros odios y de todas nuestras intolerancias y reacciones agresivas. ¡No esperen, los provocadores, otra cosa de nosotros los que favorecemos la libertad y la democracia, que no sea indignación y un fuego que viene desde las mismas entrañas del dolor y del recuerdo aún fresco del oprobio y el crimen! ¡Ojalá los negacionistas y los pesquisadores revisen bien la historia, a ver si somos la única tribu que odió a sus caciques despiadados; o si somos el único pueblo que se alegra cuando se muere el cabeza de la satrapía! Yo vi en los noticieros a los chilenos abriendo champaña y brindando en medio de Santiago, tan pronto anunciaron la muerte del repugnante Pinochet y vi igualmente a los iraquíes cuando ejecutaron al carnicero Sadam. Yo lo vi; mas no escuché que se levantase una sola voz para criticar esas festividades. ¡Ah... pero cuando salimos los cubanos a celebrar, con banderas y sonando las cornetas de los coches a lo largo de la calle Ocho; ah, ese día, cuando casi estábamos seguros de la muerte de Castro, entonces sí se armó la tormenta y llovieron las críticas contra los cubanos y las acusaciones de salvajes y de malos cristianos! Muchos ridiculizaron nuestro odio y se atrevieron a equipararlo con el odio que el tirano nos tiene a nosotros. Los cubanos de aquí y los de allá, que disienten, al menos tenemos un odio mesurable. Sin embargo, el odio de los Castro no hay vara que lo mida. .

El odio de Luciano ‒y el mío‒ casi ni odio es, en comparación al odio del tirano y el de sus testaferros. Y odio era aquél, el que me susurraban cuando niño los instructores de los Pioneros o boy scouts comunistas. Odio y más odio y envidia y orfandad y ganas de matar es lo que enseñan en las escuelas a la hora del acto matutino de los viernes o el que se destilaba en las asambleas destinadas a seleccionar al Alumno Vanguardia. Clases de odio eran las clases de Historia y las charlas de Instrucción Política. Y odio es a lo que invitan las vallas de la propaganda revolucionaria y todos los medios oficialistas. Odio es lo que aparece en los expedientes de los escolares donde los maestros revolucionarios tienen que colocar una nota en la que informan actitudes sospechosas y contrarrevolucionarias de sus alumnos. Odio es enseñar odio o hacerle la vida imposible al que enseña el amor y al que lo aprende. Por odio, pues, me echaron de mi puesto de profesor de Literatura para poder acallar a los poetas que yo les leía a mis muchachos y que evocaban la libertad y la justicia y el amor y la democracia. Por odio quisieron matarme los de la Policía Política y por eso mismo ‒por el odio de ellos contra mí‒ me encerraron en la celda número dos, en un cuartel de la costa, donde todas las noches oía los gritos de aquel pobre diabético a quien le estaban negando la insulina hasta tanto no confesase su delito y delatase a sus compinches. Odio y más odio emanaba, delante de las delirantes multitudes, en su tribuna de la Plaza de la Revolución, el dictador ‒casi monarca‒, en las conmemoraciones revolucionarias. Odio son la ética y la estética comunistas y la descabellada idea de crear el llamado hombre nuevo, que es algo así como el hombre monocorde y esclavo. No voy olvidar aquel odio inexplicable que se desplegaba en los desfiles del Primero de Mayo, como larga comparsa de muñecos y carteles. Nada, que el cubano debería culpar al imperialismo y a la sociedad capitalista de todos los males y emprenderla contra los norteamericanos y contra su bandera y su cultura e, incluso, contra su idioma; porque, en aquellos tiempos de mi infancia y adolescencia ‒y también de mi juventud‒, hablar inglés u oír canciones en esa lengua era como colgarse el sambenito de cierta inclinación por el enemigo.

Por eso es que sé odiar; pero los odio a ellos, a los que aún me odian a mí y siguen odiando a mi pueblo. Mi odio contra los Castro y los castristas es visceral y tiene que ver mucho con el amor que me tengo a mí mismo y a mis compatriotas. Yo no tolero ‒no está en mí tolerarlo‒ que alguien se deshaga en halagos y le ría la gracia ‒que es desgracia‒ a los hijos de puta que arruinaron a Cuba. ¡Los odio con toda mi alma! Y yo no quiero el menor de los contactos con aquel que tiene en la pared de su casa la imagen del que mató al hijo de Luciano y tampoco tengo nada que hablar con ése que desafía la tolerancia ‒y la paciencia‒ y se pavonea con la camiseta que tiene estampada la cara de aquel criminal. Y no, no lo quiero cerca de mí ¡porque me dan unos deseos de… ! Es que no, yo no puedo tolerarlo.

Mi odio y el de Luciano y el los viejitos del Versailles, no es odio mío ni de Luciano ni de los viejitos. El odio originario es el de ellos, de los que nos obligaron a odiar y nos pusieron al oído, para que aprendiésemos sus notas tenebrosas, los redobles de la barbarie. Atilas irrumpió en La Habana y el vate de su corte compuso esta canción: « Se acabó la diversión: llegó el comandante y mandó a parar.» Y aquél fue, entonces, el primer día del odio.

Pero hagamos memoria. José Martí ‒nuestro Martí, que sí nos enseñaba el amor y por amor cayó y por una Cuba independiente de la corona de España‒, estando en el destierro, asistió al teatro para disfrutar del baile de una famosa artista española. Inspirado en aquella circunstancia, escribió estos versos de comprensible y hermosa intolerancia:

Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.

Y otra vez Martí ‒acaso el más amoroso de todos los cubanos‒ compuso, con toda su rabia, la siguiente estrofa:

Odio el mar, que sin cólera soporta
Sobre su lomo complaciente, el buque
Que entre música y flor trae a un tirano.


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