
Eran los 70’s y yo extrañaba el pan de molde pasado por la tostadora, al que después se le untaba mantequilla o mayonesa. Pero para esta fecha ya no había ni pan de molde, ni tostadora y mucho menos mantequilla o mayonesa. Sin embargo, lo que más extrañaba eran los petits pois. Por suerte en aquellos momentos estaban pasando en el cine Trianón una película húngara, de aquellas muy lentas y aburridas ‒como las checas, las rusas, las búlgaras, y todas las del campo socialista‒ que las autoridades de la cultura revolucionaria habían impuesto a los cubanos; con tal de que dejásemos de preferir la cinematografía del enemigo: la de Hollywood. Y digo por suerte porque, aunque el cine estaba vacío a causa de que nadie quería empujarse ‒ni yo tampoco‒ aquella idiosincrasia tan ajena ni oír aquella lengua tan ruda y no latina que sonaba como una explosiva estridencia en el oído del cubano, yo asistía una y otra vez a las funciones. Empero, la única escena que me interesaba era aquélla de cuando los personajes se preparaban aquel delicioso desayuno con pan tostado y mantequilla y un plato repleto de petits pois. La boca se me hacía aguas pero yo me metía dentro de la película y desayunaba en Budapest.
Profe ...Ud como siempre!
ResponderEliminarUn saludo,
@Julita