lunes, 16 de marzo de 2009

EL MANUAL DE MI VECINO por osvaldo raya

¿Qué extraño? He oído a mucha gente ufanarse de sí y decir, como algo grandioso, «yo soy tan feo como tan franco y me gusta decir las verdades en la mismísima cara de la gente.» Y resulta que las verdades son una lista de imperfecciones y quejas y aspectos desagradables acerca de la persona que lo escucha. También ocurre que cuando alguien ha sido un ser excepcional de la familia o de la historia o fue un célebre autor o pensador y es admirado por muchos, siempre hay quien saca el pecho de pronto y se propone una pesquisa desacreditadora. O cuando un escritor ha creado en su novela un personaje noble y bondadoso y somete su obra al juicio de un especialista, este último suele aconsejarle críticamente: «tienes que humanizarlo y hacerlo más real y relatar ‒por ejemplo‒ que solía endrogarse los fines de semana o que se sacaba los mocos delante de la gente o que fue sorprendido masturbándose en el ascensor del rascacielos de su empresa.» De acuerdo con semejante consejo, parece que debe entenderse que el hombre real es el necio y que ser realista es describir destacando las ruinas del alma.

¡Pero coño qué jodidos estamos! Así es que lo humano son las cualidades despreciables y que decir la verdad es morder al prójimo con una crítica despiadada o es resaltar ante el interlocutor la paja en el ojo y la mancha y el rasgo defectuoso o feo.

¿Y las virtudes? ¿No es humana la virtud ni verdad ni realidad de la vida humana? ¿Y, acaso, toda loa al otro, es siempre ‒como ley fija‒ hipocresía y toda glorificación esconde algún pecado o todo modelo humano tiene sus rincones sucios? ¡Oh no, yo no quiero leerme ese manual infame y callejero que dicta ciertas normas de qué cosa es verdad y qué es mentira o qué es mito y falsedad o cuándo sé es o no realista y sincero! Mi vecino ha comprado esa especie de biblia y veo cómo cita y recita de memoria, ante los otros vecinos, sus estúpidos salmos.

Es que hay que gritarlo, escribirlo en las paredes: que no hay como destacar en los demás las bellezas físicas y espirituales y entender cuánta falta nos hace cuidar el pedestal luminoso de aquellos que supieron trascender en nuestras vidas porque han llevado consigo más virtud que pecas. El sol tiene manchas pero, cuando me da en la cara, no me deja oscuridades sino mucha luz y mis ojos ven mejor el sendero que me lleva lejos.

Elogiar ‒a saber‒ a un buen amigo, es también ser sincero. Ya es hora de que vayamos aprendiendo a decir las verdades al prójimo en su propia la cara y afirmar con valor cuánto lo amamos y cuán felices nos sentimos de tenerlo cerca.

1 comentario:

  1. Raya,

    ¡Excelente texto! Cargadito de esa misma luz y humanidad que irradían los escritos de Martí.

    Querido maestro, recuerde que muchas veces es el odio y la mediocridad los que se esconden bajo esas etiquetas. Para algunos seres resulta más fácil aplastar y desacreditar para cercerse en sus miserias que respetar las diferencias del prójimo.

    En el caso de los cubanos, creo que parte de la culpa también la tiene aquel sistema en el que la sociedad toda nos enseñó a simular desde que éramos niños. Los oportunistas, de la clase que sean, siempre buscarán la forma de hacernos creer en "sus verdades". Viniendo del mismo patio, ¿eso no le parece conocido?

    Un abrazo de su eterna alumna que desde hoy lo sigue en este blog.

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